La gran compañera
En una mañana fresca y primaveral nos acercamos hasta MariPepa un espacio de paz y mucho verde que es, para Silvia Bilbao, su refugio. Silvia vivió de cerca gran parte delcrecimiento de Pehuen Co ya que estaba ligada directamente a la familia de losGonzález Martínez, los fundadores de la villa.
Cuando nos recibió, conocimos a una señora amable, de ojos dulces y la mirada de quien atesora mucha sabiduría. Silvia nació en Capital Federal, en pleno corazón de la gran ciudad. Allí comenzó su historia junto a su madre y su hermana.

Su memoria guarda los recuerdos de una infancia alegre, de tardecitas jugando en las plazas que rodeaban la casa donde vivía, cerca del hospital Rivadavia debido a que su mamá era médica y trabajaba allí por las mañanas allí, mientras que por las tardes lo hacía en un consultorio dentro de su casa. Cada vez que la llevaban a la plaza junto a su hermana, Silvia recuerda con una gran sonrisa que les decían que iban a “sacarlas a pastorear”.
Después de varios años de juegos, responsabilidades, colegios y universidad, Silvia se recibió de Ingeniera Agrónoma. Fue con veintidós años que vino por primera vez a Pehuen Co, dado que la profesión de su mamá las ligó a la familia González Martínez cuando ofició de obstetra en el nacimiento de una hija. Sin saberlo, su mamá trajo al mundo a quien luego sería su cuñada: Moro Gonzales Martínez de Avinzano.
En aquel momento su madre no cobró honorarios por su trabajo, pero si recibieron una invitación para venir a Pehuen Co a disfrutar de las comodidades del lugar más moderno y lujoso de la época: el gran hotel Cumelcan, que se revelaba con todo su esplendor.
Al siguiente año volvió en busca de tranquilidad acompañada de sus dos sobrinos, ya que sería su niñera por unos días porque su hermana estaba por dar a luz ese verano y Silvia la quería ayudar. En esa segunda visita conoció a Horacio González Martínez hijo del fundador y quien se cargó sobre sus hombros el sueño de su padre luego que muriera. Bastaron un par de meses para que sus almas se unieran para siempre. Pronto se casaron y tuvieron tres hijos.

“Pehuen Co por entonces no era demasiado diferente a lo que hoy vemos; la población sí creció bastante” dice Silvia, mientras repasa en su memoria a la familia Campagnoli,las galletas de Lolo en la Boya y otro puñado de anécdotas. Lo cierto es que venía seguido al campo del Palomar y recuerda que a veces, cuando estaba allí, traía en auto a algunos niños que debían venir a la escuela: Aldana, Anahí, Alejandro, “veníamoscantando la Marcha de San Lorenzo” recuerdo riendo. También que les insistía para queentendieran lo que cantaban. En ese momento aprovechaba y recorría un poco el pueblo.
En verano venían a la playa a la mañana y regresaban al campo a la hora del almuerzo, que era cuando, según la tradición, sonaba una campana haciendo el llamado a comer.Después, por las tardecitas solían volver todos en familia a disfrutar de la playa.
Por su profesión de Agrónoma pudo compartir junto a Horacio muchos momentos felices, ella agradece a la vida de haber y poder vivir tranquila.
Es bueno charlar con Silvia sobre la actualidad, habida cuenta de que participó activamente en la consecución del sueño de Don Avelino junto a Horacio. En esto es algo crítica debido a que “en la actualidad no se tiene muy en cuenta lo que mi suegro soñó para Pehuen Co en el momento de su fundación; las ideas se pensaron y fueron trabajadas por profesionales idóneos que tuvieron entonces muchas cosas en cuenta queahora no se las respeta. Pensaron en que se progrese pero con normas de convivencia claras y con los controles necesarios para que vivamos en un bosque junto al mar”, sentenció.
A ella le encanta el mar, la naturaleza, el bosque. Su mejor recuerdo en Pehuen Co, dice con los ojos iluminados, es el momento en el que conoció a Horacio. Sin dudas un antes y un después en su propia historia. También guarda con recelo los encuentros familiares, el reencuentro con amigos, las fiestas criollas en el Cumelcan… todo aquello se vivía con mucha alegría.
Con mucho cariño recuerda a Ester Larregui, su suegra. “Charlaba mucho con ella; a veces mi cuñada me decía que yo sabía más cosas que ella de su mamá”. Cuenta que a Ester le encantaba quedarse en El Palomar cuando todos regresaban a Buenos Aires para dedicarse a preparar jalea de diferentes frutos. También fue ella quien impulsó la construcción de la capillita original de Pehuen Co, la primera, para la que se emplearon piedras extraídas de La Soberana, el barco hundido de Pehuen Co.
Para Silvia, que ama la naturaleza, el sabor más amargo proviene de los grandes incendios en el pueblo, que siempre se empecina en arrasarlo todo. El tener que abandonar las casas escapando del fuego. Sin embargo, dice que gracias al Tata Dios nunca tuvo consecuencias demasiado trágicas. “Hay que hay que concientizar a vecinos y turistas del peligro que el fuego representa para Pehuen Co”, afirma.
Su vida siempre estuvo muy ligada a Pehuen Co; más aún cuando se hizo su casa, su refugio. "Acá estoy yo y no me muevo; es un privilegio estar acá, es un regalo”. Estafeliz de lo vivido, pero confiesa que le han quedado cosas pendientes. Sus tres hijos, de los que está absolutamente orgullosa, ya no vienen tan seguido a Pehuen dado que, como suele suceder, buscan otros lugares diferentes a lo que ya conocen. Sin embargo tiene acá a sus amigos, que los encuentra en cualquier momento y horario.
Sobre si tiene alguna recomendación o sugerencia para los vecinos más jóvenes de la villa, Silvia sin dudarlo explicó que para crecer en armonía, deben afianzar los vínculos entre todos los que estamos. “Somos un botecito al que tenemos que hacer que flote, que navegue. Hay que dejar de lado la soberbia, la envidia e inculcar a los niños el amor por el lugar. Hay que unirse y entre todos construir una sociedad mejor”.
En cuanto a los miles de turistas que cada año se acercan a Pehuen Co les pide algo muy simple: “que dejen el lugar como lo encuentran; y si ven algo que puede mejorarse, que pongan su granito de arena, ya sea con la limpieza del pueblo o de la playa. Todos nos merecemos disfrutar del bosque junto al mar, siempre cuidando la naturaleza y su entorno”.
Nos despedimos de Silvia con el sol radiante de septiembre iluminando su MariPepa, ese refugio al que nombró por estar en un lugar de playa y porque ¡viva la Pepa!. La gran compañera de Horacio González Martínez, hijo del fundador Don Avelino y en cuyo honor nuestro camping se llama “Don Horacio”, es parte de la memoria de este paraíso junto al mar que tanto soñó su suegro y cuyo sueño en gran medida impulsaron su marido y ella.




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