Memorias de una maestra
Entrevista a Nélida “Pirucha” Campagnoli.
Imaginemos a Pehuen Co sesenta años atrás. Sin ruta de acceso ni rotonda, con árboles aún bajitos y menos de la mitad de las calles que hoy recorremos. Sin casa barco, ni camping, ni capilla. Sin monumentos, ni esculturas. Apenas un puñado de casas en lo que hoy son las calles Brown (al 300) y Fragata Sarmiento.
Allá por la primavera del ’57, con apenas 15 años, Nélida Campagnili recorrió por primera vez el pueblo, que era más un asentamiento rural que el balneario que hoy conocemos. Llegó hasta aquí junto a su padre Don Atilio y su hermana menor, para hacerse cargo del almacén de ramos generales “La Boya” que el fundador de Pehuen Co, González Martínez, le concesionó, quien también les regaló una casita para que se instalen. La idea era ir poblando la villa.

“Pirucha” como la conocen todos, recuerda hoy con nitidez ese almacén que tenía carnicería, verdulería, panadería, restaurante y que también era bar. Todo lo que necesitaras en el pueblo estaba ahí. Si “La Boya” no lo tenía, restaba viajar más de 50 kilómetros hasta Punta Alta.
También montaron allí un comedor donde se vendía comida hecha los fines de semana, para atender a los primeros inversores que elegían Pehuen Co para sus casas de fin de semana y a los primeros habitantes que llegaban a trabajar en la villa o en los campos lindantes. “Pirucha” cierra los ojos y pareciera captar los aromas de la cocina de Nicola, un cocinero italiano (entonces no se usaba el término Cheff) que Don Atilio había contratado y que hacía unas pastas incomparables; “recuerdo bien sus particulares ravioles de ortiga”.
Don Atilio era muy sociable y la clientela creció rápido, por lo que la mamá de Nélida lo acompañaba en el trabajo que empezó a demandarles mucho tiempo. Casi todos los días visitaban el almacén y el bar los Aucarría, los Stransak y don Carlos Bucci, quienes eran los encargados de regar con un carro todos los días las arboledas que se abrían paso entre los médanos, y cuidarlos del ataque de las hormigas.
Para reponer mercadería, Don Atilio había comprado un camioncito Ford A, “el poderoso”, en el que iba a Bahía Blanca para buscar pan y alimentos no perecederos. La leche y la carne la traían de los campos productores lindantes y un tambo cercano. El viaje era toda una travesía. Tardaban casi dos horas por un camino de tierra que viene desde Las Oscuras y, para poder entrar a la villa, un puestero les tenía que abrir una tranquera que estaba a unos metros de donde hoy se encuentra el cruce de La Soberana.

La memoria de Nélida cobra mayor nitidez a medida que avanza la charla. Se transporta a aquellos años y los recuerdos se le atropellan en su cabeza. Los almuerzos o las cenas con la familia Manera o la fábrica de ladrillos de los Torres, que le repartían bloques a los pioneros para levantar las primeras casas. Visualiza un galpón que habían hecho en ese momento, donde la gente, con el impulso de la Sociedad de Fomento, se reunía para hacer bailes y fiestas. Ese galpón de madera y techo de paja estaba en el medio de un bosque, donde ahora funciona un supermercado.
Cuenta con soltura cuando se empezó a construir el hotel Cumelcan, en tiempos en que Pehuen Co perfilaba para ser disfrutado por la clase alta. Sin embargo su aire de pueblo apacible y familiero lo fueron transformando en un destino más popular y accesible para todos.
Por eso sus días transcurrían en la simplicidad de juntar membrillos; días de picnic en el arroyo donde su papá y un amigo pescaban vestidos de traje, porque así se vestían entonces los hombres cada día; recorre hoy aquellos pinos jóvenes del Bosque Encantado, donde vivía mucha gente allí y muchos peones trabajaban ahí; y recuerda a uno de ellos como pionero de la pesca artesanal, cuando en temporada de lenguados se metía al mar con su caballo para pasar una red casera de pesca, para luego hacer aprovisionarse haciendo conservas.
“Pirucha” estudió magisterio en Bahía Blanca y cuando terminó, a los 18 años, le propusieron dar clases en Pehuen Co. Se convirtió en la tercera maestra (antes hubieron dos que duraron un año cada una) y comenzó a enseñar. La escuela funcionaba en su propia casa de forma muy humilde, donde contaban con una cocina a leña, un armario, algunos pupitres y una pileta para lavarse las manos. El baño conformaba uno de los mayores temores de los niños, dado que entonces era una letrina algo precaria y oscura.

Pasea sus ojos, se transporta y comienza a nombrar a sus alumnos. Muchos nombres y apellidos que hoy se reconocen entre los vecinos más antiguos de Pehuen Co. Con una noble sonrisa asegura que “con mi poca experiencia di lo mejor de mí para la educación de los chicos, la mayoría hijos de gente trabajadora de los campos y muchos niños residentes del pueblo. Poder trabajar en Pehuen Co aquellos años fue una maravilla”.
Siete años la tuvieron al frente de ese puñadito de pupitres en el pueblo, con mucho sacrificio para ir y venir a Bahía Blanca. Rememora como si fuera ayer las travesuras de los chicos y los dulces caseros que le traían. Tampoco olvida que papá Don Atilio la traía los lunes a la villa y los viernes, cuando tenía en qué, se volvía a Bahía Blanca. Lo mejor era cuando el propio Avelino González Martínez la llevaba en su avioneta.

Pasados algunos años se casó y tuvo a su primera hija, por lo que se volvió a Bahía Blanca; pero siempre su corazón siguió frecuentando Pehuen Co. Hoy, en su casa de Bahía Blanca, “Pirucha” pasa horas en su patio, como si el verde la llamara. Entonces abre la canilla y empieza a regar sus plantas, y de nuevo se transporta a aquellas caminatas por la playa solitaria, o a caballo con su amiga Raquel. Paseos para vencer el aburrimiento y cargar en la retina aquellos inicios del pueblo para poder hoy narrarlos. “Lo que más se extraña de Pehuen Co es la libertad que había”.
Cada vez que vuelve a Pehuen Co, “Pirucha” observa el indetenible progreso y es crítica en donde ve la ausencia del Estado. Eso la entristece. Pero de nuevo le gana el optimismo cuando ve que la gente, como antes, le pone mucho trabajo. “En lo jardines se ve el esfuerzo”, dice.
Nélida Campagnoli, la maestra, no puede evitar contarles a sus nietos aquellas anécdotas que, de alguna manera, también son las nuestras. Porque su historia es también parte de la historia de este paraíso que hoy disfrutamos, gracias el esfuerzo tenaz y al amor de quienes se animaron a impulsarlo.




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